Un viernes con memoria

IMG_1937

Amanece, como yo, este viernes de agosto, con la vista puesta en el horizonte de septiembre. No le faltan a este viernes sus dosis de mañana fresca y de tarde tórrida al sol en las playas y las piscinas. Tampoco le faltan sus dosis de convencionalismo, regidas desde la hoja del calendario, ni sus dosis de burocracia, regidas desde el BOE, tan fiel a su cita diaria. Esa burocracia se viste hoy de memoria y de dignidad, haciendo públicos los datos de los 4.427 españoles que murieron en el Campo de Concentración de Mauthausen hasta el día de su liberación, el 5 de mayo de 1945.

La historia más negra de la humanidad se esconde en este listado que es hoy, 74 años después, una fuente de luz para los que siguen peleando por conseguir una reparación formal y simbólica a las atrocidades cometidas contras sus compatriotas. En esa historia oscura están los nombres de ocho ribereños, cuyos nombres lucen en la placa que el Ayuntamiento de Aranjuez colocó en su fachada en 2016 junto a los nombres de otros cinco paisanos que lograron sobrevivir a la barbarie nazi.

Aquel empeño de Héctor Anabitarte sigue dando pasos en nombre de la dignidad y de la memoria histórica. Decía Anabitarte, en enero de 2015, que un pueblo necesita conocer su memoria colectiva, cultivarla. Sin memoria ignora cuál es su presente y hacia dónde se dirige. Resulta sorprendente que se haya comentado tan poco, y se conozca menos, que Aranjuez sufrió en sus vecinos, en sus carnes, el horror del Holocausto nazi…Estas víctimas de semejante horror, que no eran precisamente apátridas, merecen al menos que en Aranjuez una calle, una avenida, una plaza, los recuerde. Y que menos que una placa de bronce con sus nombres en la fachada del Ayuntamiento”.

Esa placa contempla hoy el bullicio de la Plaza de la Constitución, fuente de vida, desde la fachada de la Casa Consistorial, dedicada a Antonio Belmonte García, Ángel López Chacón, Sabino Martín García, Julio Pérez Nieto y José Jaén Martínez, supervivientes todos del campo de exterminio, y a los que perdieron la vida en él: Román Aranda Chacón, Julián López Nájera, José Arminio del Valle, Recaredo Díaz Mejía, Alfonso Díaz Salazar, Cesario Hidalgo Bustos, Julián López Nájera, Sergio Monzón Albendea y Laureano Muñoz Fernández.

Sus nombres descansan en la plaza pública y sus historias, recuperadas por Ramón Peche Villaverde, yacen en el libro ‘La lucha por la libertad. Vecinos de Aranjuez en Mauthausen’, editado por el Ateneo de Izquierdas de Aranjuez. Dice el periodista ribereño, Jefe de Protocolo del Ayuntamiento de Aranjuez, que “es en las personas, en sus vivencias, en sus recuerdos, donde se ancla la memoria y de ellas depende que sigue viva”. Esa memoria regresa a la actualidad en la mañana de un 9 de agosto que ya no será un 9 de agosto cualquiera. Esa memoria llena hoy las páginas de los periódicos y las escaletas de los programas de radio y televisión.

Anuncios

Protagonista de un cuento

IMG_1908

¿Cómo que voy a ser el protagonista de un cuento? Como lo oyes, respondí yo a Camilo, como te lo estoy contando. Eres un tipo increíble, le dije, un auténtico personaje de ficción. Andábamos paseando por la parada de Palacio y por la Plaza de San Antonio, con una bolsa de pipas y un botellín de agua que aliviara los efectos del salitre en nuestras bocas. No sé por qué dices eso, me dijo él, a la vez que escupía de un bufido las cáscaras de las pipas. Yo me considero un tipo muy corriente.

Esto lo decía un tipo que paseaba a mi lado vestido de largo, cubiertos los brazos y las piernas con su camisa, su chaqueta y su pantalón de pinzas. Nada extraordinario de no ser porque estábamos a finales de julio y el calor apretaba de lo lindo a la caída de la tarde. Pues yo creo que tienes muchas posibilidades, le dije. Solo hay que verte. Solo una primera descripción de tu aspecto, aliñada con algunos datos de esa personalidad tuya, engancharían a mis lectores desde el primer párrafo. Hablas de tus lectores como si fueran millones, me dijo en un tono que buscaba ser humillante. Qué más quisieras tú, le respondí, que ser el personaje de un cuento que tiene, no ya millones, sino miles de lectores. Estás encantado de haberte conocido, Camilo. Reconócelo.

Saqué de la bolsa un puñado de pipas y esperé a su respuesta. Se agachó entonces Camilo y se estiró bien los bajos del pantalón. No soporto las arrugas, dijo al levantarse, para añadir: Pues mira, sí, la verdad es que no estaría nada mal. ¿De qué trataría el cuento?

Camilo lanzaba esa pregunta con el ánimo de abrir una negociación que no tenía cabida, porque el escritor soy yo y yo no estaba dispuesto a ceder ante Camilo la elección de los argumentos. No tenía ninguno en mente, pero preferí seguirle el juego. ¿Qué te gustaría a ti? ¿En qué historia te gustaría ser protagonista? Piensa que tiene que ser literaria, distinta, que rompa con lo convencional, que alimente el espíritu de mis pocos lectores (de momento). Me paré entonces en la fuente para rellenar la botellita de agua, Camilo se había bebido lo que quedaba. Ahí chupan los perros, me advirtió con cara de asco. Pues no bebas tú, le contesté displicente.

Seguimos caminando y entonces me dijo: ¿Cómo ves que fuera uno de los personajes de Las Meninas que abandona el cuadro por las noches y se dedica a salir por ahí a asustar a las viejas que caminan solas por la calle? Uf, resoplé yo. El único hombre de Las Meninas es el propio Velázquez –le expliqué– y tu no sabes pintar. Eso tampoco es verdad, pero sí lo es que es el hombre más reconocible en el cuadro. Descarta esa opción, me ordenó.

Comenzó entonces a comer pipas con una ansiedad impropia de un lugar que llamaba tanto al sosiego. ¡Joder!, dijo en tono grosero, es que igual yo no soy un personaje de un relato histórico. Yo soy contemporáneo, de hoy, ¡soy un tipo vanguardista! Bueno, esos pantalones y esa chaqueta de tweed no son muy modernos, que digamos. Son lo que son, dijo él. Al menos yo no voy enseñando las uñas de los pies. Además, ¿sabes una cosa? Que siempre ha habido clases y… –dudó por un instante– no tengo más que decir. Era evidente que se posicionaba en una clase superior a la mía, a pesar de no tener Camilo más que un traje que se ponía hasta en verano y un reloj de bolsillo que heredó de su abuelo.

Caminamos un rato más. Yo buscaba con la vista las uñas de mis pies que asomaban por mis chanclas y Camilo desfilaba con la cabeza alta, el pecho fuera y una bolsa de pipas en la mano izquierda. ¿Qué tal un aristócrata de esos que paseaban por aquellos arcos? ¿Y un motorista repartidor de pizzas? Camilo se lanzó a plantear propuestas. ¿De verdad te ves de repartidor de pizzas? Le dije yo. Ahora los pizzeros no son motoristas, ahora van en bicicleta y son autónomos. Y cobran una mierda. ¿Cómo piensas repartir las pizzas? ¿Con ese terno de tweed? No, no, desde luego que no, dijo Camilo. ¿Y si me sitúas como el típico funcionario que se pasa la mañana mirando el reloj con un montón de expedientes sin terminar encima de la mesa? Camilo se había terminado ya la bolsa de pipas y el sol se escondía ya tras la cúpula de Palacio. Pero vamos a ver, Camilo, hijo –le dije con un tono que hoy me resulta demasiado paternalista– ¿para este final no necesito preguntarte? Pero si ése es tu trabajo, Camilo. ¿Y a ti te parece digno de formar parte de la trama de un relato? Terminó por ceder ante mis argumentos, sólidos, contundentes: No, llevas razón.

Mira, Chechu, déjalo –me dijo cuando ya se despedía de mí a la altura del brillante–, no quiero salir en ninguno de tus cuentos. ¿Te queda claro?

Morente

IMG_1902

Paso la mañana del sábado escuchando a Enrique Morente. Sus tangos, sus alegrías su aurora lorquiana de Nueva York… Dice hoy en El Mundo su hija Soleá que el flamenco no tiene dueño y no le falta razón, porque el flamenco es una forma de enfrentarse al mundo y de la que no todo el mundo sabe ni puede. Aunque lo más parecido al guardián de esas esencias es su padre Enrique, tan artista, tan ecléctico, tan puro, tan auténtico, tan granaíno. Lo dijo su compadre Joaquín y lo cantó como nadie Poveda: Ese compás que se juega la vida, ese Morente sin dique ni hartura…

¡Mucha, mucha policía!

20161116_instrucciones-para-dormir-una-siesta

Se quema este verano el monte de Madrid. Lo hacen también los políticos en su asamblea –la de Madrid, claro– secuestrada por unos pirómanos que se han apropiado de la manguera y de los extintores. En Madrid se pudre el aire y se asfixia la política, las tormentas hunden los techos de los hospitales y en los juzgados es el moho el que termina por dictar sentencia. El dinero se fue por los desagües de la corrupción, aunque nadie ha sabido desatascarlos porque primero hay que desatascar la investidura de la candidata de Avalmadrid.

Bajo el sol tórrido de julio, los leones de las Cortes se liman las uñas de los pies a la espera de poder marchar de vacaciones. Esperan para ello la salida del presidente, a hombros y por la puerta grande, entre loas y selfis y aplausos incontenidos. Entre tanto: buhardillas a mil quinientos; 1,4 millones de menores sufre de pobreza infantil y 2,2 están en situación de riesgo (poca broma con esto), la España vacía sigue sin relleno y la factura de la luz crece como crecen en el alma de las gentes la desafección y la incertidumbre.

Un hermano político –también parece hermano carnal, pero no– de Donald Trump llega hoy a Londres para culminar un Brexit duro, que es algo así como el portazo que da quien se separa de su pareja tras la última pelotera. Trump amenaza con echar a sus rivales del país, jaleado por sus masas, y Villarejo –la gorra bien calada, el paso marcial– con partirle las piernas a un periodista incómodo y con hundir la reputación de un banco del IBEX 35. El ‘poeta’ Monedero se postula como Secretario de Estado de Comunicación. Yo, que ando guisando un pisto para comer, me conformo con menos.

¿Y en Aranjuez? En un alarde de dudoso gusto, en Aranjuez conmemoramos al Maestro Rodrigo con un coro rociero y hacemos Amotinado Mayor a la policía, a la que se supone el papel de sofocar motines y revueltas. Ya lo cantó Sabina, poeta de cabecera sin ambiciones ministeriales: ¡Mucha, mucha policía!

Pura intuición

20190719_Pura intuición

La vida aquí dentro es pura intuición. La vista me alcanza a contemplar cada rincón de la casa de forma repetitiva, hasta el punto de sabérmela de memoria. Traveseo con ese cuadro abstracto que cuelga de la pared principal del salón; en ocasiones tiene forma de sauce, en otras de vaca lechera y en otras no es más que una forma amorfa a la que no atino a otorgar un nombre común. Mientras almuerzo, recorro los títulos de la librería y juego a memorizarlos, aún a riesgo de que Silvia me llame la atención para sacarme del ensimismamiento. Ella es la única conexión con la calle que tengo desde este segundo piso sin ascensor, del que no salgo desde que visité al médico y me alertó de los riesgos que se corren ahí afuera, al albur del humo de los coches, del calor artificial que emiten las máquinas del aire acondicionado que afean las fachadas de los edificios, del ruido que lo impregna todo en esta ciudad inhumana. Cualquiera puede pensar que el doctor es un tanto desmedido en sus análisis. Cualquiera menos yo.

Pura intuición, ya digo. La tele se rompió hace tres semanas, dos días después de que le anunciara a Silvia que no pensaba salir de casa. ¿Ni siquiera a comprar el pan? ¿Y si te requiere alguna empresa para una entrevista de trabajo?, preguntó con cierta preocupación, pero yo no cedí en mis pretensiones y desde entonces no volví a salir. En su última visita, los niños rompieron el router y andamos por casa sin wifi (casi mejor, pienso a menudo, aunque nunca verbalizo tal cosa delante de Silvia) y no me gusta escuchar la radio. La radio me aburre con sus tertulias eternas sobre investiduras eternas, sus humoristas sin gracia, sus anuncios pensados para atenazar al oyente y convencerle de que instale una alarma en su casa.

Hoy es el olfato el que me ayuda a adivinar qué pasa por mi entorno cercano. Por la ventana del escritorio entra un aroma intenso y sabroso a partes iguales, hasta el punto de que provoca un rugido en mi estómago, cada día más abultado. Los efluvios del guiso suben por el patio de luces, angosto y oscuro. Lo anoto enseguida en la libreta que tengo sobre la mesa para contárselo a Silvia cuando llegue: doña María ha preparado hoy un estofado que olía a gloria y que me ha abierto el apetito. Me preparo un sándwich de atún con mayonesa, un tentempié hasta la hora de la comida. Silvia dice que estoy más gordo y yo se lo niego con la misma rotundidad con la que se vence a la derecha la aguja de la báscula para denunciar lo que es evidente: que sí, que estoy más gordo. Igual deberías salir a caminar al parque o a las afueras, me dice ella, sabedora de mis temores hacia el humo y el enfisema derivado del mismo. No estoy más gordo, le digo yo, eso son cosas tuyas.

El ruido lejano de las sirenas, que se cuela indiscreto por las ventanas, me alerta de que algo ha pasado en el barrio. Dejo sobre el sofá el libro que leo, me pongo una mascarilla y salgo al balcón para ver qué sucede: dos coches de policía pasan veloces y se pierden calle arriba. Falsa alarma, me digo, y entonces vuelvo al escritorio para anotar la novedad y poder contársela a Silvia sin riesgo de olvidarla.

Entonces suena el teléfono y me veo en la necesidad de volver deprisa al salón. Descuelgo sin mucho ánimo –estas llamadas alteran mi ritmo diario, esta rutina vestida de aromas y ruidos externos, de adivinanzas inanes a las que juego yo solo– y contesto lacónico con un ‘sí, dígame’. Me requieren para trabajar en una empresa de Las Rozas, por un sueldo propio de los tiempos del colonialismo, y lo rechazo de plano. Mi salud está muy por encima de unos cuantos cientos de euros mensuales a los que hay que restar las cotizaciones a la Seguridad Social, el transporte hasta el centro de trabajo y la comida en ruta, porque a los seres humanos nos apetece comer cada cinco horas, más o menos. Cuelgo seguidamente y, cuando ya estoy sentado en el escritorio, respirando el aroma del estofado de la vecina y con el bolígrafo en la mano, decido no anotar nada en la libreta. No sea que Silvia se me enfade por andar yo por ahí rechazando trabajos como el que rechaza la propaganda que reparten los extranjeros a la salida del metro.

Regreso al libro que había dejado en el sofá y me pongo a leer. La lectura me dura diez minutos, el tiempo justo para alcanzar el capítulo en el que el doctor Gutiérrez, un afamado especialista en dolencias respiratorias, habla de la contaminación en las ciudades y de sus consecuencias en la salud de la población. Corro al baño para vomitar, me lavo después la cara y busco en el espejo algún síntoma que adelante un cáncer inminente, tal vez una bronquitis o una próxima crisis cardiovascular. Me toco la frente con los dedos, busco alguna mancha en la piel que evidencie la enfermedad, abro bien la boca y reviso bien el estado de mis encías, en las tan solo soy capaz de hallar un resto de atún.

Otra vez el teléfono. Otra vez ese maldito ruido empeñado en sacarme de mi rutina de escucha, de ese ridículo espionaje en el que he convertido mi vida, encerrado entre las cuatro paredes de este piso tan modesto del que Silvia quiere marcharse. Nos podíamos mudar a un chalet, al menos a un piso más grande. Yo le digo que sí como el que se decide a darle la razón a alguien para que le deje en paz y luego hacer lo que me dé la gana. Yo de aquí no me muevo, pienso, mientras dejo la habitación que compartimos en ese momento para perderme en otra en la que nadie me agobie con ideas que no encajan en mi orden de vida. He decidido no salir nunca más de aquí, ni para mudarme si quiera.

Sí, dígame. Otra empresa que quiere contratar mis servicios. Esta está en Alcobendas y también me pilla a desmano, las cosas como son. Lo que ya me escama, y mucho, es que en apenas media hora me ofrezcan trabajo en dos empresas distintas a las que ni siquiera escribí pidiendo trabajo. Esto que voy a decir es de puertas para adentro, pero es que yo no quiero trabajar. No por nada, nunca le tuve miedo al trabajo, en mi último puesto siempre fui cumplidor y perfeccionista, pero es que no pienso salir a la calle a contaminar mis pulmones.

Después de colgar, me pongo la mascarilla y corro el riesgo de salir al balcón. Un par de camiones de cajas cerradas con lona descargan barriles de cerveza y cajas de refresco en el bar que hay justo debajo de casa. Han dejado el motor en marcha. Será, sin duda, una maniobra tan rápida que no merece la pena apagarlo. Pero a mí no me convence y me pongo a gritar al repartidor: ¡Oiga! ¡Oiga! Al tercer ¡oiga! el tipo se detiene con el barril vacío al hombro y se pone a buscar la voz que le llama. ¿Es que no puede apagar el motor cuando está descargando? ¡Vamos, que digo yo! El tipo me mira extrañado, confuso, exhibiendo una cara que abarca desde el dolor en el hombro por el acarreo del barril a las dudas –más que razonables, creo yo– que despiertan en él mis gritos cargados de buena conciencia. Me mira, sí, durante varios segundos que se le deben estar haciendo eternos, con el barril sobre el hombro y la cabeza ladeada, para sacarme un dedo después.

La peineta me deja llorando de impotencia, aunque el teléfono –otra vez el maldito teléfono– me obliga a recomponerme. La tercera oferta de empleo de la mañana, la tercera que rechazo con muy buenas palabras. Es después de colgar cuando se abre la puerta de casa. Es Silvia, que regresa de su trabajo y que entra por el pasillo sin saludar siquiera. Corro entonces detrás de ella, con la liberta en la mano y dispuesto a contarle las novedades del día, pero sus tacones suenan amenazantes. Ya en la habitación, la descubro subida a una silla agarrando una de las maletas que guardamos en lo alto del armario. Silvia no ha tenido nunca que hacer ningún viaje de trabajo. La abre sobre la cama y empieza arrojar dentro la ropa que cuelga ordenada de las perchas. Para por un momento, rebusca en el interior de su bolso y enciende un cigarrillo. Silvia había dejado de fumar y yo se lo recuerdo. El reproche suena duro, pero ella responde echándome el humo a la cara. Me voy, anuncia sin más. Cierra la maleta, la arrastra por el pasillo, sobre el que repican de nuevo sus tacones, y sale por la puerta sin decir nada. Yo vuelvo a ponerme la mascarilla –no soporto el olor a tabaco, ni mucho menos sus consecuencias sobre la salud– y salgo al balcón para despedirla con la mano, que se agita temerosa de lo que pueda ocurrirle ahí afuera, en ese mundo contaminado que nos conduce a la muerte y a la destrucción.

Por el patio de luces sube un olor acre y desagradable. Asomo la cabeza a la ventana del escritorio y mi oído descubre el llanto tierno de doña María, que se duele de su última pifia: se le ha quemado el estofado. Lo anoto en la libreta y me dispongo a seguir viviendo así, adivinándolo todo por pura intuición.

‘Las frases del profe’

20190717_Las frases del profe

Ando hoy, por razones que no vienen al caso, hurgando entre las carpetas en las que guardo los apuntes de la facultad. He encontrado de todo. Hasta un anuncio del PSOE en El País, con Almunia de candidato, cuya publicación en Twitter me ha afeado cariñosamente César Calderón, tildando mi acción de “perversidad”.

Pero quiero detenerme en las anotaciones que hice en la cubierta de un libro de derecho (Introducción al Derecho es su título) de un profesor del que no voy a dar su nombre. Es más que probable que el buen señor, entrado ya en años por aquel entonces, haya abandonado ya este mundo que es la antesala de lo desconocido.

Las anotaciones que hice en la cubierta del libro llevaban por título ‘Frases del profe’ y su contenido no hubieran aguantado hoy ni cinco minutos sin ser publicadas en redes sociales, sin hacerse virales seguidamente y sin copar los titulares de los digitales y de la programación de La Sexta. El profesor en cuestión hubiera sido cesado a los pocos días o, tal vez, aconsejado por su familia y por sus amigos, hubiera dimitido antes.

El caso es que las frases las pronunció en clase de 1º de Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM hace tan solo 20 años, en 1999, y yo paso a reproducirlas tal cual las anoté entonces. Estas son las ‘Frases del profe’:

 

  • “Con los derechos de la mujer, se ha roto la familia”.
  • “Ahora parece que el divorcio es obligatorio, pero el aborto más”.
  • “¿Cuántas chicas le tienen que calentar el hogar? No seamos hipócritas, de tres para abajo nada”.
  • “Un pellizco en el pompis a un chico en el autobús es un acto de amor. Si las chicas no lo hacen, peor para ellas, porque a los chicos nos gusta mucho”.
  • “Si usted me ha ‘robao’ a mi algo, aparte del corazón, claro…” (Esta debió pronunciarla en alusión directa a alguna alumna, entiendo)
  • “¿Quiere cepillarme el tablero? Luego le doy un caramelo, si quiere”.

 

Estas cosas se decían sin pudor, con toda la naturalidad del mundo, en una clase de Introducción al Derecho hace solo veinte años. Evidencia, sin duda, la extraordinaria evolución que ha experimentado la sociedad española en materias como la igualdad o los derechos individuales, a pesar de personajes como el profesor en cuestión, al que hoy situaríamos en la órbita de Abascal y compañía… ¿Y si no hemos progresado tanto?

El hombre que camina por la playa

20190715_El hombre que camina por la playa

La vida es un deseo constante. A veces es palpable y otras tan lejano como el horizonte que se abre frente al mar de la fotografía. El deseo del hombre que camina por la playa de la mano de una mujer que apunta a ser su esposa no es otro que el de volver mañana a la orilla del mar, notar como sus piernas responden a la leve exigencia del terreno sobre el que pisa y volver a caminar notando como las olas mojan sus pies y como la brisa refresca el sudor de su frente.

El deseo de Pablo Iglesias es ser vicepresidente del Gobierno, una ambición como otra cualquiera. Sería asimilable a la impostada voluntad de correr descalzo del hombre de la playa, a su pretensión de nadar después hasta las bollas, la brazada ágil y elegante, a sus ansias por llegar a casa para hacer el amor con la mujer que le acompaña.

De ambiciones y de sueños sabe también Pedro Sánchez, quien duerme de noche aclamado por el parlamento para levantarse y descubrir la realidad frente a un espejo de plata, la misma plata que baña los pies del señor que camina por la playa. La misma plata que baña los goles de Griezman y la misma con la que ha construido Albert Rivera el puente por el que huye del centro.

El señor que camina por la playa, con su polo blanco y su gorra blanca y su bastón, atisba ya su silla plegable, la sombrilla que le cobija del sol oblicuo de la tarde, la botella de agua fría que le espera en la nevera portátil. El beso de su nieta, que juega a hacer castillos en la orilla. El deseo de Pablo Casado es el de levantarse mañana más hombre de estado que ayer, sin progresión visible alguna a ojos de nadie, solo a la de sus anhelos y esperanzas. El anhelo de Abascal es levantarse convertido en el Cid o en don Pelayo (o en Franco, ¿por qué no en Franco?) y es tan inabarcable como el horizonte que se abre frente al mar de la fotografía.